La contaminación atmosférica es la presencia en el aire de sustancias o formas de energía que alteran su composición natural y resultan nocivas para la salud de las personas, los ecosistemas y los bienes materiales. Es uno de los principales riesgos ambientales para la salud y, al mismo tiempo, está estrechamente ligada al cambio climático, ya que muchas de sus fuentes coinciden con las que emiten gases de efecto invernadero.
Los contaminantes atmosféricos pueden ser primarios, emitidos directamente a la atmósfera, o secundarios, formados en ella a partir de reacciones químicas. Entre los más relevantes para la salud y la legislación están las partículas en suspensión, los óxidos de nitrógeno (NOx), el dióxido de azufre (SO2), el ozono troposférico (O3), el monóxido de carbono (CO) y los compuestos orgánicos volátiles (COV).
La contaminación atmosférica procede de fuentes muy diversas, tanto fijas como móviles. Entre las más importantes destacan el transporte por carretera, la industria, la generación de energía a partir de combustibles fósiles, la calefacción de edificios y la agricultura y la ganadería, que aportan amoniaco y otros precursores. A ellas se suman fuentes naturales, como los incendios forestales o las intrusiones de polvo, cuyo peso varía mucho según la región y la época del año. Reducir estas emisiones está conectado con la eficiencia energética y con el desarrollo del transporte sostenible, dos de las palancas con mayor potencial de mejora del aire en las ciudades.
En la Unión Europea, la calidad del aire ambiente se regula con la Directiva (UE) 2024/2881, de 23 de octubre de 2024, sobre la calidad del aire ambiente y una atmósfera más limpia en Europa, que refunde la normativa anterior y establece valores límite más estrictos con horizonte 2030, más próximos a las directrices de la Organización Mundial de la Salud (OMS) actualizadas en 2021, aunque sin igualarlas. La directiva refuerza también los planes de calidad del aire, la información a la ciudadanía y el acceso a la justicia. Esta normativa forma parte del marco más amplio de legislación ambiental que afecta a empresas y administraciones.
Para muchas organizaciones, la contaminación atmosférica es un asunto material: sus actividades generan emisiones reguladas y, a la vez, sufren riesgos reputacionales y de cumplimiento. Medir y reducir contaminantes suele ir de la mano de reducir gases de efecto invernadero, por lo que las estrategias de impacto ambiental y de descarbonización se refuerzan mutuamente. Instrumentos de mercado como el mercado de emisiones (ETS) ponen un precio a determinadas emisiones industriales y energéticas, e incentivan tecnologías más limpias.
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