La resiliencia climática es la capacidad de un sistema natural, social o económico para anticiparse, resistir, absorber y recuperarse de los impactos del cambio climático, manteniendo sus funciones esenciales y, si es posible, saliendo reforzado. No consiste solo en aguantar un fenómeno extremo, sino en adaptarse de forma continua a un clima que ya está cambiando.
Mientras que la mitigación busca reducir las causas del problema (las emisiones), la resiliencia se centra en gestionar sus consecuencias. Ambas son complementarias y necesarias.
El cambio climático está intensificando las olas de calor, las sequías, las lluvias torrenciales, los incendios y la subida del nivel del mar. Estos fenómenos afectan a los ecosistemas, pero también a las cadenas de suministro, las infraestructuras y la salud de las personas. Construir resiliencia permite reducir daños, evitar interrupciones y proteger el valor a largo plazo.
La Unión Europea sitúa la adaptación en el centro de su política climática a través de la Estrategia de Adaptación al Cambio Climático de 2021, cuyo objetivo es lograr una Europa plenamente adaptada a los impactos inevitables del clima en 2050. A escala internacional, el Marco de Sendai orienta la reducción del riesgo de desastres.
Para una organización, la resiliencia climática es una forma de gestionar riesgos financieros, operativos y reputacionales. Se distinguen habitualmente dos tipos de riesgo climático:
Identificar y cuantificar estos riesgos es, además, una exigencia creciente de la divulgación de riesgos climáticos en los informes de sostenibilidad.
El punto de partida es analizar a qué amenazas climáticas está expuesta la organización o el territorio, y qué activos o procesos son más vulnerables.
Consiste en ajustar instalaciones, procesos y políticas para reducir la vulnerabilidad: infraestructuras más resistentes, diversificación de proveedores, gestión eficiente del agua o soluciones basadas en la naturaleza.
La habilidad de volver a la normalidad (o mejorarla) tras un evento extremo, mediante planes de contingencia, recursos y aprendizaje continuo.
Reducir las propias emisiones a través de la eficiencia energética, las energías renovables y la descarbonización de la cadena de valor refuerza la resiliencia global del sistema.
Medir la huella de carbono es un paso previo útil para construir resiliencia: al cuantificar las emisiones de Alcance 1, Alcance 2 y Alcance 3, la empresa identifica sus dependencias y puntos débiles frente a la transición energética. El Protocolo GHG es el estándar de referencia para esa contabilidad.
En Manglai ayudamos a las empresas a medir su huella de carbono, evaluar sus riesgos climáticos y planificar su adaptación y descarbonización. Descubre cómo Manglai puede ayudarte.
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