La reutilización del agua, también llamada reúso, es el uso de aguas regeneradas, es decir, aguas residuales que han sido depuradas y sometidas a un tratamiento adicional, para destinarlas a fines que no exigen agua de calidad potable. Entre esos usos están el riego agrícola, determinados procesos industriales, el riego de zonas verdes urbanas, la limpieza de calles o la recarga de acuíferos.
La reutilización es una de las palancas más eficaces frente a la escasez hídrica y el estrés hídrico, porque sustituye consumo de agua dulce por un recurso que, de otro modo, se vertería. Forma parte del enfoque de economía circular hídrica, que busca cerrar el ciclo del agua en lugar de tratarla como un recurso de un solo uso.
El agua regenerada no es lo mismo que el agua depurada sin más. La depuración elimina la carga contaminante para poder verter el agua al medio con seguridad; la regeneración añade tratamientos complementarios (filtración, desinfección y, según el uso, eliminación de contaminantes adicionales) para que el agua alcance la calidad exigida por su destino. Cada uso tiene requisitos distintos: el riego de un cultivo que se consume crudo es más exigente que el riego de un campo de golf.
A escala europea, el Reglamento (UE) 2020/741, relativo a los requisitos mínimos para la reutilización del agua, regula específicamente el uso de aguas regeneradas en el riego agrícola. Aprobado en 2020, es aplicable desde el 26 de junio de 2023. Establece requisitos mínimos de calidad y de control, así como la obligación de elaborar un plan de gestión del riesgo, y exige un permiso para producir y suministrar agua regenerada destinada a la agricultura.
En España, la reutilización se rige por el Real Decreto 1085/2024, de 22 de octubre, que aprobó el Reglamento de reutilización del agua, modificó varios reales decretos de gestión del agua y derogó el anterior Real Decreto 1620/2007. Está en vigor desde el 24 de octubre de 2024.
La norma adapta el marco español al reglamento europeo, detalla por categorías los usos permitidos del agua regenerada (urbanos, agrícolas, industriales y otros) con sus clases de calidad y sus valores máximos admisibles, y refuerza los requisitos de control. También prohíbe expresamente determinados destinos por riesgo sanitario, como el uso recreativo en aguas de baño, el cultivo de moluscos filtradores en acuicultura o el uso en instalaciones hospitalarias.
Para una empresa con consumo intensivo de agua, reutilizar es a la vez una medida de resiliencia y de ahorro. Reduce la dependencia de captaciones externas, mejora la seguridad hídrica de la actividad y rebaja la presión sobre las masas de agua de la cuenca. Medir la huella hídrica es el paso previo para saber dónde compensa reutilizar y cuánto se gana con ello. Además, cada vez pesa más en los marcos de reporte de sostenibilidad, que piden información sobre cómo gestiona la organización el agua en zonas de estrés.
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