Sostenibilidad empresarial
Paula Otero
Consultora en medio ambiente y sostenibilidad

La calidad del aire interior (CAI, o IAQ por sus siglas en inglés) describe el estado del aire que respiramos dentro de un edificio: su contenido de contaminantes, su nivel de renovación y su confort térmico. En una oficina, ese aire condiciona directamente la salud, el confort y la capacidad de concentración de las personas que pasan allí buena parte del día.
La respuesta corta: se mide con sensores de CO2, partículas, temperatura y humedad, y la palanca principal para mejorarla es la ventilación, es decir, renovar el aire interior con aire exterior. En España el marco de referencia es el RITE (Reglamento de Instalaciones Térmicas en los Edificios), que fija las categorías de calidad y los caudales mínimos de aire para cada tipo de local.
Este artículo explica qué contaminantes hay que vigilar, por qué la CAI importa para la productividad y el absentismo, cómo se mide en la práctica y qué exige la normativa española.
La calidad del aire interior es el resultado de un equilibrio entre las fuentes de contaminación dentro del edificio y la capacidad del sistema de ventilación para diluirlas y evacuarlas. Pasamos la mayor parte del tiempo en interiores, así que el aire de oficinas, aulas y viviendas suele tener más influencia sobre la salud que el aire de la calle. Una CAI deficiente se nota en forma de aire cargado, fatiga, dolor de cabeza, sequedad de ojos o dificultad para concentrarse, un conjunto de síntomas asociado históricamente al llamado edificio enfermo.
Los contaminantes más habituales en un entorno de trabajo son:
Las fuentes son variadas: la propia ocupación humana, los materiales y el mobiliario, los productos de limpieza, los equipos de oficina, el aire que entra del exterior y un sistema de climatización mal mantenido. Un buen mantenimiento del HVAC es tan importante como el propio diseño de la instalación.
Más allá del confort, la CAI tiene efectos medibles sobre la salud y el rendimiento. Un aire mal renovado se asocia a fatiga, cefaleas y molestias respiratorias que pueden traducirse en menor bienestar y en más ausencias. En sentido contrario, un aire limpio y bien ventilado favorece la concentración y el rendimiento cognitivo.
El estudio COGfx de la Universidad de Harvard, publicado en Environmental Health Perspectives en 2016, midió el rendimiento cognitivo de trabajadores de oficina en distintas condiciones ambientales. Frente a una jornada en un edificio convencional, las puntuaciones cognitivas fueron un 61% más altas en la jornada de edificio verde y un 101% más altas en las jornadas con ventilación reforzada y menor nivel de COV y CO2. Conviene tomar estas cifras como una señal de la dirección del efecto, no como una promesa exacta para cada oficina.
Para una empresa, esto conecta el bienestar de las personas con la productividad y con indicadores como el absentismo, y también con la gestión del edificio: ventilar más consume energía, de modo que la CAI forma parte de la conversación sobre eficiencia energética y sobre el impacto y el coste energético de la empresa.
Medir la CAI consiste en instalar sensores que monitorizan de forma continua los parámetros clave y permiten actuar sobre la ventilación. Los más habituales son:
El CO2 exterior ronda las 400 ppm y se suele citar el valor de 1000 ppm como límite máximo recomendable en interiores: por encima, es señal de que la ventilación resulta insuficiente para el número de personas presentes. Los sensores en tiempo real, además, permiten un control automático de la ventilación en función de la ocupación (lo que se conoce como demand-controlled ventilation), de modo que se ventila más solo cuando hace falta, ahorrando energía el resto del tiempo.
El RITE, Reglamento de Instalaciones Térmicas en los Edificios, es la norma que regula la ventilación y la climatización de los edificios en España. Para clasificar la calidad del aire interior define cuatro categorías, denominadas IDA, en función de la concentración de CO2 medida en ppm por encima de la concentración del aire exterior.
| Categoría IDA | Calidad del aire | CO2 sobre el exterior (ppm) | Uso típico |
|---|---|---|---|
| IDA 1 | Aire de óptima calidad | 350 ppm | Hospitales, clínicas, laboratorios, guarderías |
| IDA 2 | Aire de buena calidad | 500 ppm | Oficinas, aulas, museos, salas de lectura |
| IDA 3 | Aire de calidad media | 800 ppm | Comercios, restaurantes, salas de ordenadores |
| IDA 4 | Aire de baja calidad | 1200 ppm | Otros usos con menor exigencia |
Las oficinas deben alcanzar la categoría IDA 2 (aire de buena calidad). Para garantizarla, el RITE fija además los caudales mínimos de aire exterior por persona. En actividad metabólica baja, IDA 1 exige 20 dm³/s (l/s) por persona e IDA 2 exige 12,5 dm³/s por persona. En la práctica, para una oficina el caudal mínimo de renovación es de 12,5 l/s por persona.
Cumplir el RITE es la base para que el edificio ofrezca un aire saludable y, bien planteado, permite hacerlo sin disparar el consumo energético.
Las medidas para mejorar la CAI combinan ventilación, filtración, control de fuentes y monitorización:
Muchas de estas medidas tienen una segunda lectura ambiental. Ventilar y climatizar consume electricidad, así que optimizar la ventilación reduce a la vez el consumo y la huella eléctrica del edificio, con impacto directo en su huella de carbono y en sus emisiones de gases de efecto invernadero. Apostar por energía renovable para alimentar esos sistemas y hacer un seguimiento con indicadores de sostenibilidad ayuda a que mejorar el aire no empeore el impacto ambiental. Certificaciones de edificio como WELL o LEED integran precisamente estos criterios de salud y sostenibilidad.
El CO2 exterior ronda las 400 ppm. En interiores se suele tomar 1000 ppm como límite máximo recomendable; por encima de ese valor conviene reforzar la ventilación. El RITE clasifica las oficinas como IDA 2, lo que equivale a mantener el CO2 unas 500 ppm por encima del aire exterior.
No. A los niveles habituales de una oficina el CO2 no es tóxico. Su valor está en que es un buen indicador: cuando sube, señala que la ventilación no está renovando el aire al ritmo que requieren las personas presentes y que se acumulan bioefluentes.
Sobre todo los compuestos orgánicos volátiles (COV) del mobiliario y los productos de limpieza, el material particulado (PM2.5 y PM10), y la humedad relativa. En algunas zonas también el radón, y siempre el CO si hay combustión.
El RITE clasifica la calidad del aire en cuatro categorías IDA según el CO2 y fija caudales mínimos de aire exterior por persona. Las oficinas deben alcanzar IDA 2, con un caudal de renovación de 12,5 l/s por persona en actividad metabólica baja.
Mejorar la calidad del aire interior pasa por ventilar más, y ventilar consume energía que acaba traduciéndose en emisiones. Manglai no mide la calidad del aire, pero sí permite cuantificar cuánto pesan la climatización y la ventilación en el consumo y en las emisiones del edificio desde la plataforma de huella de carbono.
Paula Otero
Consultora en medio ambiente y sostenibilidad
Sobre el autor
Bióloga por la Universidad de Santiago de Compostela con máster en Gestión y Conservación del Medio Natural de la Universidad de Cádiz.
Tras colaborar en estudios universitarios y trabajar como consultora ambiental, ahora aplico mi experiencia en Manglai. Me especializo en dirigir proyectos de sostenibilidad enfocados en los Objetivos de Desarrollo Sostenible para empresas. Asesoro a clientes en medición y reducción de huella de carbono, contribuyo al desarrollo de nuestra plataforma y realizo formaciones internas. Mi experiencia combina rigor científico con aplicabilidad práctica en el ámbito empresarial.
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