Sostenibilidad empresarial
13 ABRIL, 2026
•
4 MIN
Carolina Skarupa
Product Carbon Footprint Analyst

La inteligencia artificial ha entrado con fuerza en la agenda de sostenibilidad empresarial. Promete automatizar procesos, mejorar la calidad del dato y acelerar la toma de decisiones. Sobre el papel, encaja perfectamente con un entorno cada vez más exigente en reporting, eficiencia y trazabilidad.
Pero en la práctica, muchas empresas se están encontrando con un problema menos evidente. No es que no sepan por dónde empezar. Es que, cuando lo hacen, a menudo eligen mal.
El mercado está lleno de soluciones que suenan bien pero no aterrizan en los retos reales de la gestión ambiental. Herramientas genéricas, modelos difíciles de integrar o sistemas que dependen de datos que la empresa ni siquiera tiene. El resultado supone retrasos, sobrecostes y, en muchos casos, una pérdida de confianza interna en la propia estrategia de sostenibilidad.
Porque aquí el riesgo no está en adoptar IA. Está en hacerlo sin criterio.
La presión por incorporar inteligencia artificial es real. Regulación, inversores y competencia están empujando en la misma dirección. Pero esa urgencia está llevando a muchas empresas a priorizar la adopción frente al encaje.
Los datos ayudan a entenderlo. La falta de conocimiento interno es hoy la principal barrera para implementar IA en sostenibilidad. A esto se suma la dificultad para medir su impacto real. Además, un 32% de las empresas señala el coste como freno, un 25% apunta a la mala calidad de los datos y un 23% menciona riesgos de seguridad y privacidad. Así lo señala el estudio 'Inteligencia Artificial y Empresas: claves para avanzar en sostenibilidad' del Pacto Mundial de la ONU en España.
Este contexto genera un patrón claro. Se invierte en herramientas antes de tener claro para qué se necesitan. Y ahí empiezan los problemas:
No todas las herramientas son iguales, y en sostenibilidad esto es especialmente crítico. Aquí no basta con automatizar procesos, es necesario garantizar rigor, trazabilidad y aplicabilidad real.
Antes de elegir una solución, hay tres criterios que deberían ser irrenunciables.
La IA no aporta valor por sí sola. Lo hace cuando se aplica a procesos muy concretos, con reglas claras y necesidades reales detrás. En sostenibilidad, esos procesos existen y están bastante definidos, aunque no siempre se nombren así.
Gran parte del trabajo pasa por medir, ordenar y dar sentido a datos que suelen estar dispersos. Calcular la huella de carbono con criterios consistentes, por ejemplo, sigue siendo uno de los principales retos, especialmente cuando entran en juego los alcances 1, 2 y 3. Lo mismo ocurre con la gestión de residuos, donde el problema no es solo registrar información, sino poder trazarla de principio a fin.
Ahí es donde algunas soluciones empiezan a marcar diferencia. No porque hagan más cosas, sino porque hacen bien las que importan. Herramientas que automatizan la recogida de datos, aplican metodologías reconocidas y convierten ese esfuerzo en reportes útiles y comparables.
También empieza a verse en ámbitos como la huella de producto o el análisis de emisiones en logística, donde la complejidad técnica ha sido tradicionalmente una barrera de entrada. Cuando la tecnología consigue simplificar estos procesos sin perder rigor, deja de ser una promesa y pasa a ser una palanca real de gestión.
Uno de los grandes cuellos de botella en sostenibilidad es el dato. Muchas empresas trabajan con información incompleta, dispersa o de baja calidad.
Una buena solución no debería exigir perfección desde el inicio, sino ayudar a mejorar progresivamente la calidad del dato.
Uno de los errores más habituales es confundir información con decisión. Tener más datos o mejores dashboards no garantiza una mejor gestión si no se traducen en acciones concretas.
En sostenibilidad, esto es especialmente crítico. No se trata solo de medir, sino de entender dónde actuar: qué emisiones reducir primero, qué procesos ajustar o qué palancas tienen mayor impacto.
Aquí es donde las soluciones bien diseñadas empiezan a marcar distancia. No se limitan a ordenar datos, sino que permiten identificar oportunidades de reducción, priorizar acciones y preparar el reporting bajo estándares reconocidos sin añadir complejidad innecesaria. Es el enfoque en el que se apoyan herramientas como Manglai, que ponen el foco en convertir el dato en decisiones útiles, no en añadir más capas de análisis.
Cuando la herramienta consigue conectar estos tres niveles (dato, decisión y acción), la sostenibilidad deja de ser un ejercicio de reporting y empieza a integrarse en la operativa del negocio. Y ahí es donde realmente aporta valor.
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A partir de estos criterios, es más fácil identificar dónde fallan muchas implementaciones. Uno de los errores más habituales es dejarse llevar por la promesa tecnológica sin validar el encaje. Otro, asumir que cualquier herramienta de IA sirve para sostenibilidad, cuando en realidad es un ámbito con requisitos técnicos y regulatorios muy específicos.
También es frecuente subestimar el reto del dato. Implementar una solución sin una mínima estructura de información suele derivar en resultados poco fiables.
Y, por último, muchas empresas confunden digitalización con impacto. Automatizar procesos no siempre implica mejorar la sostenibilidad si no se traduce en decisiones concretas.
Elegir mal una herramienta implica perder tiempo, dinero y, sobre todo, credibilidad interna. En un contexto donde la sostenibilidad está cada vez más vinculada al negocio, ese coste es difícil de asumir. Por eso, el foco debería estar menos en la tecnología y más en el encaje. En entender qué problema se quiere resolver y qué solución realmente puede hacerlo.
Carolina Skarupa
Product Carbon Footprint Analyst
Sobre el autor
Licenciada en Ingeniería y Gestión Industrial en el Instituto de Tecnología de Karlsruhe con máster en Gestión y Conservación del Medio Natural de la Universidad de Cádiz. Soy analista de producto en Manglai y asesoro a clientes en la medición de la huella de carbono. Me especializo en desarrollar programas orientados a los Objetivos de Desarrollo Sostenible para empresas. Mi vocación por la preservación del entorno es clave para la implementación de planes de acción en el ámbito empresarial.
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