El principio de "quien contamina paga" (en inglés, polluter pays principle) es un fundamento del derecho ambiental que atribuye al causante de la contaminación la responsabilidad económica de prevenir, evitar y reparar los daños que ocasiona al medio ambiente. Su objetivo es que el coste de la contaminación no recaiga sobre el conjunto de la sociedad, sino sobre quien la genera.
Este principio establece que las personas físicas o jurídicas que dañan el entorno (mediante emisiones, vertidos, residuos peligrosos o cualquier otra actividad contaminante) deben internalizar esos costes ambientales en lugar de trasladarlos a terceros o a las administraciones públicas. Fue formulado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) en 1972 y desde entonces se ha incorporado a tratados internacionales, al derecho de la Unión Europea y a las legislaciones nacionales.
En la práctica, traduce un objetivo de justicia ambiental en obligaciones concretas: pagar por las emisiones, asumir la gestión de los residuos generados o reparar un suelo o un acuífero contaminado. También actúa como incentivo económico, ya que penaliza las actividades más contaminantes y favorece la inversión en tecnologías y procesos más limpios.
A escala global, el principio figura en el Principio 16 de la Declaración de Río sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo (1992), que insta a los Estados a fomentar la internalización de los costes ambientales y el uso de instrumentos económicos. También inspira los acuerdos internacionales sobre clima, como el Acuerdo de París (2015).
En la UE, el principio está consagrado en el artículo 191 del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea (TFUE), que dispone que la política ambiental europea se basa en los principios de cautela, acción preventiva, corrección en la fuente y "quien contamina paga". Su concreción más conocida es la Directiva 2010/75/UE de emisiones industriales y, sobre todo, la Directiva 2004/35/CE de responsabilidad medioambiental, que articula la obligación de prevenir y reparar el daño ecológico. El Sistema de Comercio de Emisiones (EU ETS) es otra aplicación directa: las instalaciones deben adquirir derechos por cada tonelada de CO₂ que emiten.
España transpuso la directiva europea mediante la Ley 26/2007, de 23 de octubre, de Responsabilidad Medioambiental, que instaura un régimen de responsabilidad objetiva e ilimitada basado en este principio y en el de prevención: el operador que cause un daño ambiental debe sufragar las medidas de prevención, evitación y reparación, con independencia de que haya mediado culpa. El principio también sustenta la Ley 7/2021 de cambio climático y transición energética y se concreta en instrumentos fiscales como el impuesto de matriculación en función de las emisiones de CO₂ o el impuesto autonómico catalán sobre las emisiones de CO₂ de los vehículos.
La aplicación efectiva del principio choca con varias dificultades. Medir con precisión las emisiones y los impactos puede ser complejo, especialmente en cadenas de suministro globales. Existe además cierta resistencia empresarial a asumir estos costes en sectores muy competitivos, lo que exige políticas públicas sólidas y mecanismos de cumplimiento. Por último, persisten desigualdades en su aplicación entre países con distinta capacidad institucional.
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Empresas que confían en nosotros
El Protocolo de Kioto, adoptado en 1997, fue el primer acuerdo internacional con compromisos vinculantes de reducción de emisiones para los países industrializados, y sentó las bases del Acuerdo de París.
El RENE es el registro nacional de emisiones de gases y compuestos de efecto invernadero de México; reportan los establecimientos cuyas emisiones directas e indirectas alcanzan o superan 25.000 toneladas de CO2 equivalente al año.
El RETC es la base de datos pública del Ministerio del Medio Ambiente de Chile sobre emisiones, residuos y transferencias de contaminantes. Su Ventanilla Única es el portal por el que, de forma obligatoria y exclusiva, los establecimientos presentan sus declaraciones ambientales.