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1 ABRIL, 2026
•
3 MIN
Carolina Skarupa
Product Carbon Footprint Analyst

El Banco Central Europeo (BCE) y los grandes inversores han lanzado una advertencia: rebajar la exigencia del reporting no es simplificar, es debilitar la capacidad de las empresas para atraer capital y anticipar riesgos.
El debate llega tras la aprobación en Bruselas del paquete Ómnibus, que tiene por objetivo aligerar la carga regulatoria de las empresas europeas. Pero el mensaje desde el mercado y el supervisor es otro: la sostenibilidad ya no se mide para cumplir, se mide para competir.
El punto de partida es técnico, pero la consecuencia es económica. La revisión del marco europeo de sostenibilidad, con el paquete Ómnibus como telón de fondo, busca simplificar obligaciones en la CSRD y en los estándares ESRS. Menos empresas obligadas, menos detalle, menos carga. Sobre el papel, promete más eficiencia. Pero deja en el aire una pregunta incómoda: ¿qué se pierde por el camino?
Ahí es donde coinciden el Banco Central Europeo y los inversores. No en la defensa de más burocracia, sino en la necesidad de mejores datos. Porque lo que está en juego no es el reporting en sí, sino la capacidad del sistema financiero para leer riesgos reales: exposición climática, vulnerabilidad de la cadena de suministro, transición energética o dependencia de recursos críticos.
El BCE lo plantea en términos de estabilidad financiera. Si los datos están incompletos o son inconsistentes, aumenta la probabilidad de que los riesgos se acumulen fuera del radar. Los inversores, por su parte, lo traducen a asignación de capital. Más de 200 entidades han alertado de que reducir la calidad y comparabilidad de los datos dificulta identificar qué empresas están realmente preparadas para la transición hacia una economía baja en carbono.
En la práctica, esto se traduce en más incertidumbre. Y en mercados que dependen de la información para funcionar, la incertidumbre siempre tiene un coste.
Hasta aquí, el debate se ha planteado en términos regulatorios. Pero el origen del problema es más operativo.
En muchas empresas, los datos de sostenibilidad no nacen como una herramienta de gestión, sino como una respuesta a una obligación. Se recopilan para cumplir, no necesariamente para entender el negocio.
Eso tiene consecuencias. La información se construye a partir de múltiples fuentes, con criterios distintos, y muchas veces fuera de los sistemas donde se toman decisiones. El dato existe, pero no siempre está conectado con la operativa real.
Por eso, aunque el volumen de información ha crecido, su utilidad sigue siendo limitada en el día a día. Y ahí es donde empieza el desajuste.
El sistema financiero depende de esos datos para evaluar riesgos, comparar compañías y decidir dónde asignar capital. Y cuando la información no es consistente o no refleja bien la realidad operativa, esa lectura se distorsiona.
No se trata solo de falta de datos, sino de falta de claridad.
En ese contexto, las decisiones se vuelven más prudentes, las comparaciones menos precisas y el capital más selectivo. Es un efecto silencioso, pero con impacto directo: menos visibilidad implica menor capacidad para competir en igualdad de condiciones.
Mientras el debate sigue centrado en cuánto reportar y cómo hacerlo, en muchas empresas el cambio ya va por otro lado. No tanto en el informe que se entrega, sino en lo que pasa antes.
Cada vez más equipos están intentando integrar los datos de sostenibilidad en su operativa diaria: en compras, en logística, en la relación con proveedores o en la toma de decisiones financieras. Es ahí donde los datos empiezan a tener impacto real, más allá del cumplimiento.
En ese punto, el problema deja de ser regulatorio y pasa a ser práctico. Cómo recoger la información sin fricción, cómo asegurar que es fiable, cómo conectarla con el negocio sin depender de procesos manuales o de herramientas aisladas.
Es también donde empiezan a aparecer soluciones como Manglai, que no plantean el reporting como un fin, sino como una consecuencia. Plataformas que, gracias a la IA, ayudan a ordenar y activar los datos desde el origen, para que sean útiles en el día a día y no solo cuando toca reportar.
Porque el cambio de fondo no va de hacer mejores informes, sino de trabajar mejor con la información. Y eso, en muchas empresas, ya está en marcha.
El debate en torno al paquete Ómnibus no debería centrarse únicamente en reducir requisitos.
La cuestión clave es cómo hacerlo sin perder aquello que da valor a los datos. Simplificar puede ser positivo si elimina fricciones innecesarias y permite centrarse en lo relevante. Pero si implica renunciar a la calidad, la comparabilidad o la trazabilidad, el efecto puede ser el contrario al buscado.
Las empresas que consigan mantener ese equilibrio estarán mejor posicionadas. No solo para cumplir, sino para entender mejor sus riesgos, optimizar sus operaciones y tomar decisiones con mayor seguridad.
Porque en un entorno donde los datos guían el capital, perder calidad no es simplificar. Es perder ventaja competitiva.
Carolina Skarupa
Product Carbon Footprint Analyst
Sobre el autor
Licenciada en Ingeniería y Gestión Industrial en el Instituto de Tecnología de Karlsruhe con máster en Gestión y Conservación del Medio Natural de la Universidad de Cádiz. Soy analista de producto en Manglai y asesoro a clientes en la medición de la huella de carbono. Me especializo en desarrollar programas orientados a los Objetivos de Desarrollo Sostenible para empresas. Mi vocación por la preservación del entorno es clave para la implementación de planes de acción en el ámbito empresarial.
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