El almacenamiento de carbono es el proceso de capturar dióxido de carbono (CO2) y mantenerlo fuera de la atmósfera durante un periodo prolongado. Puede hacerse en ecosistemas naturales, como bosques o suelos, o mediante soluciones tecnológicas que lo fijan de forma estable, por ejemplo en formaciones geológicas. Es una pieza de las estrategias de remoción de carbono y conviene distinguirlo de la captura (separar el CO2 de una fuente) y de la utilización (CCU, convertir el CO2 en productos en lugar de almacenarlo).
Para muchas empresas, el punto de partida es medir su huella de carbono: entender cuánto emiten y dónde. Pero medir no basta. Incluso después de reducir emisiones, suele quedar una parte que no se puede eliminar del todo. Ahí entra el almacenamiento de carbono, como herramienta para gestionar esas emisiones residuales dentro de una estrategia de descarbonización más amplia.
El proceso completo, a menudo llamado captura y almacenamiento de carbono (CAC o CCS, por sus siglas en inglés), combina tres fases: captura, transporte y almacenamiento final. La diferencia entre unas soluciones y otras está en cómo se ejecuta cada una.
El carbono puede obtenerse:
Una vez capturado, el CO2 se comprime para reducir su volumen y facilitar su gestión. Si el lugar de almacenamiento está en otra ubicación, se transporta, normalmente por tubería, aunque también puede ser por barco o camión.
Aquí se decide la eficacia del proceso: el dióxido de carbono se introduce en un sistema que lo mantiene aislado de la atmósfera. Con el tiempo, en algunos casos, el CO2 pasa de estar almacenado a quedar fijado de forma permanente.
No todas las soluciones funcionan igual de bien. Hay tres factores clave:
El CO2 se captura y almacena en ecosistemas como bosques, suelos o humedales, que actúan como sumideros de carbono. Es escalable y accesible, pero menos estable: el carbono puede liberarse si el ecosistema se degrada, se quema o cambia su uso.
El CO2 se inyecta a gran profundidad, normalmente en formaciones rocosas que ya han contenido fluidos o gases durante millones de años, como antiguos yacimientos de petróleo y gas agotados o acuíferos salinos.
En este caso el CO2 no solo se almacena, sino que se transforma químicamente: reacciona con ciertos minerales (por ejemplo, basaltos) y se convierte en carbonatos sólidos, similares a la roca. Ofrece una permanencia muy elevada.
Combina dos elementos: la captura de CO2 directamente del aire y su almacenamiento posterior (normalmente geológico o por mineralización). Es una de las pocas soluciones que permite retirar carbono ya emitido a gran escala. A día de hoy, su principal barrera son el coste y el consumo energético.
El almacenamiento de carbono se utiliza cuando la reducción de emisiones tiene límites, es decir, cuando incluso después de optimizar procesos y rebajar la huella de carbono siguen existiendo emisiones residuales que no se pueden eliminar por completo. En la práctica cumple tres funciones principales:
El almacenamiento de carbono permite retirar CO2 y mantenerlo fuera de la atmósfera, pero su impacto depende de cómo se haga: no todas las soluciones ofrecen el mismo nivel de permanencia ni de fiabilidad. Más que una solución única, es una herramienta que debe encajar en una estrategia de descarbonización bien definida. En Manglai ayudamos a las empresas a medir su huella de carbono y a preparar su información de sostenibilidad. Descubre cómo Manglai puede ayudarte.
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