La huella hídrica agrícola es el volumen total de agua dulce que se consume y se contamina para producir cultivos y productos ganaderos, contabilizando las tres componentes del agua (verde, azul y gris). Ofrece una medida cuantitativa de la presión que ejerce la agricultura sobre los recursos hídricos y sirve para orientar decisiones de seguridad alimentaria, comercio y adaptación al cambio climático.
Se trata de una aplicación sectorial del concepto general de huella hídrica formalizado por la Water Footprint Network y normalizado por la ISO 14046. La agricultura es, con diferencia, la actividad con mayor huella hídrica del planeta.
Según la FAO, la agricultura representa en torno al 72 % de las extracciones mundiales de agua dulce (la cifra más citada históricamente es del 70 %). Si en lugar de extracciones se mide el consumo, el estudio de referencia de Hoekstra y Mekonnen (PNAS, 2012) atribuye a la producción agrícola alrededor del 92 % de la huella hídrica de la humanidad.
En España, distintas fuentes del MITECO sitúan el regadío en torno al 65 % de la demanda total de agua del país, concentrado además en buena parte en cuencas mediterráneas con escasez estructural. Esto convierte a la huella hídrica agrícola en un indicador central para la seguridad hídrica.
La huella hídrica de un cultivo se expresa habitualmente en litros de agua por kilogramo de producto (o en m³ por tonelada) y se obtiene relacionando el agua evapotranspirada y contaminada durante el ciclo del cultivo con su rendimiento. A modo de referencia, el trabajo de Mekonnen y Hoekstra (2011) estima para el trigo una huella hídrica media mundial de alrededor de 1.830 L/kg, repartida aproximadamente en un 70 % de agua verde, 19 % de agua azul y 11 % de agua gris.
Los valores varían mucho según el clima, la variedad, el sistema de riego y las prácticas de manejo, por lo que conviene tratarlos como órdenes de magnitud y no como cifras universales. Para el análisis riguroso se emplea el Water Footprint Assessment y, cuando se integra en el ciclo de vida del producto, el análisis de ciclo de vida hídrico.
El aumento de las temperaturas eleva la evapotranspiración de los cultivos y, en regiones como el Mediterráneo, el descenso y la mayor variabilidad de las precipitaciones incrementan la dependencia del riego. Esto tiende a aumentar la componente de agua azul de la huella hídrica agrícola justo donde el recurso es más escaso, agravando el riesgo hídrico del sector.
Reducir la huella hídrica agrícola es esencial para avanzar hacia el ODS 6 (agua limpia y saneamiento) y para garantizar la seguridad alimentaria en un clima cambiante. Combinar tecnologías de riego eficientes, políticas de incentivos y un comercio de alimentos más consciente del agua permite aliviar la presión sobre las cuencas más estresadas.
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Estado en el que una empresa equilibra su huella hídrica residual, tras reducir su consumo, mediante proyectos de reposición y mejora de la calidad del agua en las cuencas donde opera.
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